Un equipo internacional liderado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, con participación del Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas, ha identificado el mecanismo molecular que regula cómo las plantas responden a la falta de agua. El trabajo, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, abre nuevas vías para el desarrollo de cultivos más resistentes a la sequía.
El estudio desvela un ‘código molecular’ que controla la actividad de una familia de proteínas responsables de percibir el ácido abscísico (ABA), conocido como la hormona del estrés hídrico. Este sistema actúa como un interruptor capaz de activar o modular la respuesta de las plantas ante situaciones de sequía, permitiendo ajustar desde respuestas leves hasta mecanismos de defensa más intensos.
En este trabajo ha participado Pedro Luis Rodríguez, investigador del IBMCP, quien destaca que “las plantas han desarrollado diferentes niveles de sensibilidad al ABA, lo que les permite adaptarse a un amplio rango de condiciones ambientales”.
Un mecanismo clave para la adaptación de las plantas
El equipo investigador ha comparado receptores de distintas especies, desde organismos acuáticos hasta cultivos actuales, demostrando cómo este sistema ha evolucionado para mejorar la capacidad de respuesta ante el estrés hídrico.
Gracias a esta diversidad de mecanismos, las plantas pueden equilibrar sensibilidad y robustez en su respuesta, optimizando el uso del agua sin comprometer su supervivencia.
Hacia cultivos más resilientes
Uno de los avances más relevantes del estudio es la demostración de que este ‘código molecular’ puede modificarse mediante mutaciones puntuales. Estas alteraciones permiten reprogramar la respuesta de las plantas al estrés hídrico, abriendo la puerta al desarrollo de cultivos que consuman menos agua sin perder productividad.
Este hallazgo resulta especialmente relevante en el contexto actual de cambio climático, donde la escasez de agua representa uno de los principales desafíos para la agricultura.
El estudio proporciona así una base científica sólida para avanzar hacia sistemas agrícolas más sostenibles y resilientes.



